El Oro de Oaxaca

El placer del mezcal

Una tradición digna de conservar

¡Al fin llegó mi mes preferido del año! Bueno, de hecho han corrido ya varios días de diciembre y falta muy poco para que comience una de las tradiciones más entrañables, de las muchas que preserva este país. Me refiero, por supuesto, a las Posadas.

Si actualmente le preguntan a un joven o un adolescente de nuestro país si le gustaría ir a una Posada, seguro estaría más que dispuesto. Ahora bien, si le preguntan qué es una Posada, la visión que tenga de esta celebración podría ser muy distinta de lo que nosotros, nuestros padres o nuestros abuelos conocimos.

Para un joven de hoy, organizar una posada implicará comprar comida y bebida, especialmente bebida, suficiente para agasajar a un buen número de invitados; comprar varias piñatas, preferiblemente de cartón, porque son las que permiten las representaciones más originales y creativas; conseguir un buen sistema de sonido o incluso contratar a especialistas en la materia, para que no falte la música y, consecuentemente, el baile, y tal vez alquilar unas sillas plegables acojinadas, para que los asistentes se sienten cómodamente a comer.

Quizás algunos sientan nostalgia o curiosidad por las velitas y los cantos, y entonen el conocido “En el nombre del cielo / Os pido posada”. Más allá de eso, los elementos cruciales serán la fiesta, el baile y los numerosos brindis.

No quiero decir que todo lo anterior esté mal, ni que me moleste la idea de que las personas bailen, disfruten y se diviertan. De hecho, me parece muy bien que esta temporada se aproveche para fortalecer la unión y la convivencia con la familia, los amigos o los compañeros de trabajo; es algo que, en mi opinión, armoniza mucho más con el mensaje de amor, paz y esperanza de la Navidad, que las compras de pánico y las cuantiosas deudas para empezar el año.

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Lo que sí debo aclarar es que una tradicional Posada mexicana no es sólo una fiesta que se hace en vísperas de Navidad. Es un evento en el que se vinculan creencias religiosas, tácticas de evangelización y el gusto por las celebraciones que caracteriza a la mayoría de los mexicanos, dando como resultado una tradición que se reviste de solemnidad, color y alegría.

Las Posadas recuerdan el peregrinar de José y María, quienes tuvieron que emprender un viaje hacia la ciudad de Belén, pocos días antes de que la joven diera a luz. En el camino, según cuenta la historia, la pareja tuvo que buscar un refugio, ante la inminente llegada del niño Dios. Y a falta de un lugar disponible en los distintos albergues donde solicitaron “posada”, no tuvieron más opción que resguardarse en un establo, donde los animales fueron los primeros en dar la bienvenida a tan especial bebé.

Pues bien, tal es el origen de nuestras Posadas. En la época de la Colonia, los evangelizadores buscaron formas lúdicas de atraer a los habitantes de la entonces Nueva España a la práctica del catolicismo. Una de las estrategias que más emplearon fue la representación, pues gracias a ella podían transmitir sus mensajes, sin importar barreras como la del lenguaje o las diferencias culturales.

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Las Posadas fueron una forma lúdica de comunicar la historia de la Navidad. Por ello es que en una Posada tradicional se hace una procesión con los Peregrinos, ya sean figuras o personas caracterizadas, y se va de casa en casa pidiendo “posada”. También se cantan alabanzas a la Virgen y se reza un misterio del Rosario.

Las piñatas son el componente de la tradición en el que más se refleja nuestro folclor. Aunque también fueron ideadas por los evangelizadores católicos, para dar una forma emocionante y divertida a la lucha contra el pecado, en la confección de las piñatas se reflejan la creatividad y las habilidades artísticas de nuestros antepasados.

Más allá de las creencias, las Posadas son una tradición que proyecta rasgos muy especiales de nuestra cultura y por ello vale la pena conservarla.